Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [-X-]

Sangre en las calles de Barcelona. Ayer vivíamos la pesadilla del terrorismo en la artería de la Ciudad Condal, lugar amado por todos los barceloneses: La Rambla. Paraje de mezcla de culturas, de luz, de explosión de vida, que la tarde del 17 de agosto sufría una brutal puñalada en forma de furgoneta descontrolada, diabólica y cargada de odio. Atropello masivo, muertos, heridos, dolor, gritos… el horror.

No entraré en detalles escabrosos, ni en cifras, ni en morbo gratuito. Hoy no tengo el cuerpo para escribir demasiado, pues a la congoja que me atenaza en esta mañana del día después se suma la total conciencia de vivir en un mundo que a cada momento intenta recordarnos que nunca ha tenido cordura, ni aparente sentido, ni tampoco un lugar seguro para las personas que sólo queremos vivir en paz.

Sin embargo, es también en los peores momentos de oscuridad cuando la luz se abre paso entre las tinieblas. Ciudadanos anónimos socorrieron a los heridos mientras la furgoneta todavía seguía arrollando a unos pocos metros de distancia; se recriminaba a quienes tomaban fotos sin ayudar; se ofrecieron las viviendas a quienes no podían dormir en los hoteles; gente que acudió a los atascos para salir de la ciudad, ofreciendo comida y bebida a quienes llevaban horas atrapados en sus coches, y que a su vez no protestaban, no pitaban, entendían la situación. Ejemplos como estos -y muchos otros en atentados anteriores, por desgracia- hacen que uno se pregunte, esperanzado, si todavía tenemos tiempo de alcanzar nuestra redención como especie, como civilización que plagada de capítulos vergonzosos quien sabe si consigue culminar su propia historia con un final feliz.

Seguiremos escribiendo nuestra propia novela, pese al dolor, con alegría y sin miedo.

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Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [-IX-]

Hace ya diez años que viajé a Japón. ¿O son once? El caso es que hace mucho tiempo, tanto que recordarlo me empuja irremediablemente a pensar que la vida se me escapa de entre los dedos y no hay forma de asirla.

Cuando visité el país nipón apenas acababa de entrar en la veintena y creía firmemente que tenía el mundo a mis pies. Un chaval que cruza medio mundo en su primer viaje al extranjero y por si fuera poco el destino es el país al que ha querido ir desde que apenas levantaba dos palmos del suelo.

Me sentía invencible, una suerte de superhéroe sin capa ni antifaz, sin poderes pero con el aura que sólo los elegidos transmiten. Por supuesto, aquello no era otra cosa que la propia percepción que tenía de mí mismo, distorsionada por los estrógenos y las hormonas descontroladas propias de la edad. Recuerdo las calles limpias de Tokio, la cantidad ingente de personas con las que te cruzabas en todo momento. También recuerdo el calor extremo, las estaciones de metro con aire acondicionado. Recuerdo la increíble amabilidad de los japoneses y las japonesas, capaces de dejar sus quehaceres diarios con tal de acompañarte a un lugar que no consigues encontrar. Recuerdo los conciertos de grupos que jamás creí que podría ver en directo. Tampoco puedo olvidar algunas noches en el hostal viendo programas de televisión bizarros e incomprensibles para todo el mundo excepto los nipones. Pero sobre todo recuerdo el silencio, tan exagerado que a veces un susurro en la calle -incluso la más transitada- se convertía en una conversación en voz alta.

Ese silencio, durante más de cuarenta días, se convirtió en mi particular confesor; aprendí a pensar, a reflexionar, mientras recorría la intrincada trama de calles de la capital japonesa, una combinación -reflexión más paseo- que todavía hoy en día hago varios días a la semana y que me sirve de bálsamo para soportar la rutina. Y fue precisamente en Japón donde descubrí que los largos silencios muchas veces son preferibles al más alto de los ruidos, a la más alegre de las algarabías; y es que las conversaciones con nuestro ser interior, con nuestra propia naturaleza, no pueden enmarcarse en otro contexto que no sea el silencio. Cuanto más sepulcral, mejor.

Así pues, caminando por las calles de Tokio -y grabando vídeos, y haciendo fotos- fue como conseguí conocerme, como si una parte de mi interior hubiera estado esperando más de veinte años en la otra punta del mundo, paciente e inquieta a la vez, hasta que se produjo el tan ansiado encuentro. Una catarsis inesperada que me marcó para siempre, sin pretenderlo y de un modo tan natural que a veces creo que estaba predestinado. Tenía que suceder así. Ir a por pocas peras y regresar con tres docenas de manzanas.

Diez años -u once, da igual- que se han pasado en un suspiro, pero durante los cuales he aprendido a cultivar aquel silencio -y esa parte de mí- que me encontró en Japón y que se convirtió en un compañero de viaje extraordinario.

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Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [-VIII-]

Leo últimamente que el mundo cultural se encuentra agitado ante un futuro que pinta negro para casi cada arte -literatura, música, pintura…-, un horizonte que a cada minuto se vuelve más borroso e impredecible, más inclinado a una época de escasez que de bonanza.

¿No ha sido acaso así siempre? Si sacamos de la ecuación a los grandes nombres, los grandes creadores de nuestra Historia -e incluso algunos de ellos podrían ser incluidos en la ecuación-, ¿acaso el resto de artistas no han tenido que bregar siempre en un mundo que los mira de forma extraña, que los arrincona, que no les presta atención? La demanda que se exige hoy en día -y de la que formo parte, no lo voy a negar- y por la cual se implora una mayor implicación de la población en todo lo referente a la Cultura no deja de ser una ensoñación, una utopía en un mundo que jamás en su historia le ha prestado la más mínima atención a los libros, a los cuadros… si acaso a la música y el cine, pero al final han entrado a formar parte del “club de los bolsillos rotos”.

Ser artista, para la gran mayoría de la gente, no se considera una profesión. Al menos no como puede serlo una abogada, un médico o una administrativa; el pensamiento soterrado por el cual un gran espectro de la población se cree con el derecho a no pagar por la Cultura convierte a los que intentan vivir de ella en poco menos que practica de un modo muy pasional sus hobbies. Así pues, ¿por qué pagarles un sueldo si el producto que me ofrecen lo intento conseguir gratis?

De esa pregunta surge el gran problema que hoy en día vive el mundo cultural, que no deja de ser también una parte intrínseca de lo que ha sido siempre su existencia: un continuo baile por la cuerda floja, a caballo entre la creación artística y las finanzas para llegar a fin de mes. Quien no está en ese mundo no lo entiende, no contempla esa creación como un trabajo verdadero y no paga por ello. Y si tiene que hacerlo, se lo pensará dos veces antes de soltar dinero.

Poco dinero y mucho que expresar, esa es la dualidad de un artista. Siempre lo ha sido, por lo que probablemente siempre lo será. Dudo de que llegue el día en el que la sociedad alcance un verdadero interés en la Cultura. Hoy en día esas dudas son mayores que nunca.

Tal vez en ese ejercicio de equilibrio se encuentra la verdadera inspiración.

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Memoria Terminata, Peliculeando

MEMORIA TERMINATA [-VII-]

Las películas subtituladas tienen cierto aire de desafío para quien se atreve a verlas en una sala de cine. La primera y más evidente es la física: ponemos a prueba nuestra capacidad de visión cuando nos sentamos en la penúltima fila de butacas y desde ahí tenemos que leer las pequeñas letras que aparecen superpuestas a la imagen, siempre en el parte inferior. Como miope que soy, cuando se trata de VOS, no existen las filas más allá de la sexta o séptima; para otros mortales con buena visión, no deja de ser un lado juguetón que siempre le da una emoción inesperada a sentarse en una sala a oscuras (y cada vez más vacía) mientras averiguas hasta dónde llega la calidad de tu vista.

El segundo de los desafíos, más sutil y no siempre efectivo, es de aprender. Porque viendo películas en versión original constituye una herramienta fenomenal para captar y asimilar un idioma de forma oral -probablemente la parte más difícil-; el idioma más habitual, por abundar en número y distribución, es el inglés. Sin ir más lejos, yo mismo he aprendido más viendo películas que en diez años de tediosas y repetitivas lecciones en la escuela/instituto. Y sin darme cuenta, que es cuando realmente estamos aprendiendo.

Por si fuera poco -y lo que voy a decir me parece primordial- el ambiente en las salas de cine en las que se proyectan films subtitulados no tiene nada que ver con el de un multicine: nada de canis, nada de gente que se cree en un restaurante, o en un pub, o en un paraje maravilloso en el que hacerse selfies… quien va a ver una película en versión original respeta el cine y a quienes gozan de él. Es este un aspecto que en mi caso pesa -y mucho- a la hora de decidir ver una película doblada o no. Y casi siempre gana lo segundo. “Eres un poco asocial”, me han dicho a veces. Y en realidad se trata de ser educados o no, de ser respetuosos o no. Veo más asocial no ser capaz de convivir con otras personas que el hecho de querer evitar a zánganos y mastuerzas.

Recomiendo ir a ver una película subtitulada, ni que sea una vez en la vida; nunca se sabe qué puede surgir de esa experiencia.

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Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [-VI-]

Conquistar la soledad no es fácil. Si lo fuera todo iría mucho mejor, nosotros seríamos mucho mejores. Porque esa soledad nos acompaña desde que nacemos: llegamos solos al mundo y nos iremos de él del mismo modo. Nadie nos acompañará en ese tránsito -más allá nadie lo sabe-, ni el de inicio ni el de final. ¿Por qué todo el espectro central, la vida, debería ser de otro modo. Como individuos que somos estamos conformados por la soledad, más allá de las conexiones y relaciones que podamos establecer con otros seres solitarios. Una sombra invisible que no nos deja jamás.

Por ello conquistar la soledad es tan difícil. De hecho, no siempre se consigue; mucha gente fracasa en el intento, ya sea por no querer intentarlo o por quedarse a orillas de esa isla que sólo nosotros podemos habitar.

Con el paso de los años me he ido dando cuenta que buena parte de la felicidad de uno mismo pasa por darse la mano con esa soledad, establecer puentes de entendimiento con un aspecto del ser humano que ha sido martirizado por nuestra sociedad y nuestra cultura, hasta tal punto que hoy en día, en plena era de la tecnología, quien no está interconectado al mundo parece no ser nadie. Es más, se le considera extraño, una oveja negra, un fallo del sistema. Una soledad que sólo trae tristeza, depresión, aislamiento. En parte es cierto, pero si una persona padece una depresión o sufre ataques de tristeza no es por causa directa de la soledad; ésta puede incrementar esos estados, pero nunca provocarlos. Siempre recordaré una frase de mi abuelo (en paz descanse): Si solo no sabes estar, por la vida te arrastrarás. Un poco extremo, quizás, pero no exento de razón.

¿Realmente merece la pena la soledad? Mucho. Es la mejor manera de conocerse a uno mismo, de ser capaz de tomar el pulso de nuestra propia existencia, de poder pensar por uno mismo sin ninguna influencia, expandiendo nuestra capacidad crítica hasta donde podamos. Si no conseguimos cruzar esa frontera corremos el riesgo de convertirnos en personas dependientes de los demás, incapaces de pasar tiempo a solas y que demandan constantemente de interacciones sociales; cuando éstas no pueden darse llega la tristeza, la sensación de vacío: la cara oscura -porque existe- de la soledad. Hace años que creo firmemente que deberían enseñarse técnicas para afrontar esa soledad en las escuelas, desde bien pequeños; mucho me temo, pero, que llegamos tarde a eso.

Puedo decir, por experiencia propia, que someter a las sombras de la soledad es una tarea muy dura y que tarda mucho tiempo en conseguirse; yo mismo me hallo en pleno proceso. A veces lo consigo, otras todo parece torcerse y los días se llenan de angustia y pena profunda. Por supuesto que no a todo el mundo le afecta por igual, pero me considero -y creo que lo soy- una persona sensible, por lo que los derrotas en esa pelea constante con esa soledad pesan más que las victorias.

Pero es necesario insistir, así lo veo yo: si uno busca la felicidad debe encontrarla por si mismo, y un buen punto de partida es nuestra propia soledad.

A conquistar, se ha dicho.

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Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [-V-]

Ascensores.

Si uno lo piensa, no es más que una palabra cuyo significado es incluso extraño, pues parece casi una forma errónea de nombrar a una caja que eleva a persona o cosa que se halle en su interior. Ascensor. Suena más bien a palabra beata, litúrgica: “y entonces ascendió a los cielos…”. En un contexto religioso tiene más sentido que en uno terrenal. Una palabra más propia de las misas que de enormes edificios de cemento armado. Creo que en Latinoamérica suelen decir, en general, elevador. Me parece más correcto aunque sigue chirriando. ¿Por qué no llamarlo subidor? ¿O levantador?  Tal vez ha llegado el momento de enviar una carta -si todavía se hace- a la RAE; imaginar un debate sobre la idoneidad de la palabra ascensor se me antoja divertido. Además, les daría algo de juego, por poco que fuera, a unas personas que me da la impresión de que se aburren soberanamente.

Al final, se use la palabra que se use, a mí cada vez me gusta menos meterme en ellos. sospecho que tiene que ver con las alturas, con la distancia con la que mis pies se separan del suelo; mi molestia empieza a acercarse peligrosamente a la humilde fobia que siento por los aviones, un rechazo que con el paso del tiempo -y sin haber volado desde 2010- se acentúa. Quién me lo iba a decir cuando pasé más de quince horas metido en uno para viajar al archipiélago japonés. Puede que de aquello naciera mi temor, pues hubo varios episodios de turbulencias que viví despierto al no echar ojo en todo el trayecto. No olvidaré jamás la cara del pasajero japonés que tenía al lado y que ya cuando descendíamos para aterrizar, y tras una maniobra del piloto en la que tuvo que dejar caer el avión más de 400 metros, me miró convencido de que mi rostro sería lo último que vería en vida. Por suerte, se equivocó.

Los ascensores no tienen alas, pero penden de una cuerda mientras suben y bajan, con decenas y centenares de metros por debajo. Ahora llevan sistemas de seguridad, frenos adicionales, muchas precauciones que sin embargo no alivian mi débil mentalidad, que imagina sin problemas una caída al vacío cuyo final es fatídico. Mi mente tiende al más profundo de los boicots; si se trata de hechos de índole mortal, todavía más.

Podría dejar a un lado ese pesimismo, esforzándome mucho y haciendo un giro de ciento ochenta grados, pero aunque saliera victorioso de tan gran desafío no podría evitar el factor que queda oculto tras el problema principal. Ese tapado no es otro que la posibilidad de coincidir con otras personas dentro de ese espacio tan reducido, encuentros fortuitos que se vuelven silencios tensos, incómodos segundos en los que no se sabe dónde dirigir la mirada, se intenta apenas respirar porque parece que el ruido de nuestras fosas nasales se amplifica. Soy una persona extraña, que con los años considera a la gente una molestia que prefiere evitar. Y los ascensores han de estar en lo más alto de la lista, porque son centros de reunión del inconveniente, una pérdida de tiempo sin un ápice de beneficio para nadie. Es cosa mía, porque soy un proyecto de persona arisca, un esbozo de futuro anciano huraño; pero no dudo que mucha gente piensa como yo. Sería un grandísimo invento la tele-transportación, porque nos evitaría los ascensores, los atascos y las colas para viajar.

Así que soy de los que suben escaleras, arriba y abajo. Las veces que hagan falta, los pisos que sean necesarios. Al final uno se acostumbra y, todo sea dicho, no deja de ser beneficioso para la salud.

Eso sí, cuando me cruzo con alguien maldigo todos y cada uno de los peldaños.

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Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [III]

Las olas de calor las carga el diablo. Con el ventilador encendido veinte de las veinticuatro horas del día, no puedo evitar pensar en cómo narices pueden sobrevivir algunas personas en el desierto. Qué suerte de milagro biológico y cultural permite a los Tuareg -también llamados imuhars, un pueblo bereber de tradición nómada- vivir en el Sahara, sobrevivir más bien. A mí, que con pasar 10 minutos al sol de junio o julio siento que voy a arder cual pira; imaginar vivir en uno de los lugares más cálidos del planeta se me hace simplemente inconcebible.

Pensando en tuaregs y desiertos descubro que tengo la innata -y horrible- capacidad de tener más calor del existente con el mero hecho de imaginar desiertos o parajes áridos en los que no hay vida. Por si fuera poco, en mi ejercicio de sodomía mental, cuando soy consciente de que estoy dejando que un desierto imaginario queme mi piel, no rehuyo esos pensamientos y los concentro aún más: ahora imágenes de un sol incandescente, ahora la salpicadura del aceite de una sartén; también un baño de aguas termales entre vapores que opacan cristales. Todo se mezcla en una gran sopa -por supuesto bien caliente- que degusto con calma culpable. Me acerco al ventilador para tratar de convencerme de que en realidad quiero refrescarme, que no quiero arder; es, sin embargo, un gesto automático más propio de mi instinto de supervivencia.

Combino estos momentos de autodestrucción física con otros de lucidez en los que me doy una ducha fría y bebo mucha agua; me relajo en el sofá con una lectura y dejo que el viento -algo caliente, que le vamos a hacer- del ventilador calme el sofoco. Dura lo que tiene que durar hasta que regreso mentalmente a ese desierto, rodeado de tuaregs que me invitan a sus tiendas, me dan de beber sus tés y me visten con sus ropas. Y vuelta a empezar, vuelven mis pies a pisar un Infierno -muy de Dante, muy de gritos e imágenes grotescas- imaginario en el que tengo entrada gratis, tengo la marca en el dorso de la mano que me permite salir de vez en cuando y no volver a pagar la entrada. Porque en realidad yo lo que quiero es convertirme en lava.

The floor is lava, dicen ahora los Youtubers de moda. Como si no lo hubiera sido nunca, como si el verano fuera cosa del nuevo milenio.

Yo soy lava.

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