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EL VÓLEY PLAYA Y LA OLA DE CALOR

Semana de calor intenso. Muy intenso, algo inusitado para estas alturas del año (aunque ya estamos a mitad de junio, tampoco es el apocalipsis). Los prolegómenos de lo que parece será un muy caluroso verano. Esta pequeña avanzadilla permite que en los telediarios ya se ensayen los repetitivos, los cansinos reportajes (siempre iniciados con una conexión en directo, o bien en una playa repleta de personas obesas bañadas en crema solar, o bien bajo un termómetro de gasolinera marcando máximos históricos, porque siempre son históricos) sobre lo alto que se enfilan las temperaturas, los “truquitos” de las ancianas para no morir incendiadas y algunos consejos (para Dummies) que harán que sobrevivamos a esta época del año.

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“LA LLUVIA AMARILLA”, LA ESPAÑA QUE SE MARCHÓ PARA NO VOLVER

Cuando uno termina de leer La lluvia amarilla, novela de Julio Llamazares (Vegamián, 1955), necesita de una larga reflexión para entender bien lo que acaba de entrar en su cabeza a través de las palabras. Tal vez requiera de una segunda, e incluso una tercera lectura; pocas serán las precauciones a tomar si se quiere emitir un juicio de valor acerca de una de las obras más infravaloradas y desconocidas por el gran público y que sin duda merecería un lugar mucho más preeminente en el panorama narrativo español. Por ejemplo, ser lectura digna de ser leída en los estudios bachilleres. No es una exageración, pues la novela es pura vida, una reflexión profunda sobre la soledad desde el punto de vista más destructivo, quizás una forma excelente de enseñar a las nuevas generaciones a saber gestionar la soledad -un asunto mucho más importante de lo que se puede imaginar-, a despojar el aura negativa que tiene precisamente adentrándose en un libro que habla de esa cara oscura.

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LA AMNISTÍA FISCAL DE MONTORO: CRÓNICA DE UN DESPROPÓSITO

Ha vuelto a suceder, una nueva demostración del inmenso teatro de sombras en el que vivimos.

Allá por 2012, cuando todo parecía indicar que seguiríamos el mismo camino que la sufrida Grecia -rescate europeo, entrada de los “hombres de negro” para gobernar el país- el ministro de Hacienda, don Cristóbal Montoro (uno de los peores ministros, en general, de nuestra democracia) se sacaba de la chistera lo que él denominó “reajuste fiscal de fortunas en el extranjero”, y que el resto del mundo supo que era una amnistía fiscal descarada. En un principio quienes se ampararan en ella debían tributar un 10% del dinero que poseían en paraísos fiscales para ser “perdonados”. Si ya de por sí era vergonzosa tal bajada de pantalones del Gobierno ante el capital, más tarde se descubrió que las personas que decidieron formalizar su situación (un número irrisorio al final del total que debía hacerlo) tributó un pírrico 2-3% de sus pantagruélicas fortunas a cambio del perdón, de mirar a otro lado y seguir disfrutando de su desfalco.

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UN RESPECTO A LOS SECUNDARIOS LITERARIOS

Están sin que a priori nadie les haya invitado. Casuales. Accidentales. A veces da la sensación de que no se encuentran del todo cómodos, otras parecen recién caídos del cielo —se topan con los acontecimientos de súbito, sin que haya previo aviso—; hay incluso entre los lectores y críticos quienes los ven como simples polillas que orbitan alrededor de la luz brillante del protagonista, o títeres en manos del despiadado narrador, meras piezas de un ajedrez literario y ficcional que no tiene reparos en deshacerse de ellos a la mínima oportunidad. Pero al mismo tiempo, sin embargo, cada vez son más los que reivindican que se les tenga en cuenta, que se les dé la importancia que merecen. Un movimiento transversal que mucho tiene que ver con la cultura pop y poco con cualquier cosa que huela a oficial o académico.

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¿QUIÉN GANARÁ CON LA POSCENSURA?

Cuando uno se hace mayor tiende a pensar que el mundo poco a poco va encajando su caótico devenir en una apacible rutina desprendida de sobresaltos, de imprevistos y conflictos. Así pues, tenemos la tendencia de imaginar el futuro como los últimos meandros navegables de un río que poco a poco se acerca a un mar en eterna calma.

Una esperanza bucólica, sin duda, y de la que despertamos en la medida que observamos cómo la sociedad en la que vivimos es mucho peor de lo que pudimos llegar a imaginar. Nada de lo soñado se hace real cuando llegamos a una edad que antes era ya respetable y que hoy en día es denominada con el palabro “viejoven”, un eufemismo que oculta en su interior la sombra del Síndrome de Peter Pan y que es una de las explicaciones a buena parte de la actualidad en nuestro país. El dominio de las redes sociales ha convertido… []

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ALONE IN THE CINEMA

Sí, voy al cine solo. En solitario. Sin compañía. Conmigo mismo. Y cada vez lo hago más, bien empujado por las circunstancias o por mis gustos personales; sea como fuere, un par de veces por semana me dirijo a pie hasta la sala multicines cercana a mi piso —intento ir siempre a salas clásicas, pero a veces no tienen lo que busco— y repito el ritual: compro entradas, uso descuentos si puedo, elijo la última fila de la última sesión del día y disfruto. Procuro no comprar comida porque a esas horas de la noche ya voy cenado a las salas. Y después de la retahíla de trámites, el disfrute en soledad.

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LA DEUDA PENDIENTE DE LA LITERATURA CON FRANCISCO CASAVELLA

Duele hablar de Francisco Casavella y saber que murió cuando todavía le quedaba mucha literatura por escribir, cuando la vida todavía no había rendido cuentas con él, y que veía cómo escapaba de ella demasiado pronto. Duele saber que era un escritor que crecía con cada nuevo libro que escribía, que subía peldaños con una facilidad pasmosa, un talento de los que florecen uno o dos en cada generación. Pero como si fuera necesario que su vida también se convirtiera en mito, como tarde o temprano lo hará toda su literatura, Casavella murió joven, con demasiado por decir y poco que recordar aún.

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