Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [-VI-]

Conquistar la soledad no es fácil. Si lo fuera todo iría mucho mejor, nosotros seríamos mucho mejores. Porque esa soledad nos acompaña desde que nacemos: llegamos solos al mundo y nos iremos de él del mismo modo. Nadie nos acompañará en ese tránsito -más allá nadie lo sabe-, ni el de inicio ni el de final. ¿Por qué todo el espectro central, la vida, debería ser de otro modo. Como individuos que somos estamos conformados por la soledad, más allá de las conexiones y relaciones que podamos establecer con otros seres solitarios. Una sombra invisible que no nos deja jamás.

Por ello conquistar la soledad es tan difícil. De hecho, no siempre se consigue; mucha gente fracasa en el intento, ya sea por no querer intentarlo o por quedarse a orillas de esa isla que sólo nosotros podemos habitar.

Con el paso de los años me he ido dando cuenta que buena parte de la felicidad de uno mismo pasa por darse la mano con esa soledad, establecer puentes de entendimiento con un aspecto del ser humano que ha sido martirizado por nuestra sociedad y nuestra cultura, hasta tal punto que hoy en día, en plena era de la tecnología, quien no está interconectado al mundo parece no ser nadie. Es más, se le considera extraño, una oveja negra, un fallo del sistema. Una soledad que sólo trae tristeza, depresión, aislamiento. En parte es cierto, pero si una persona padece una depresión o sufre ataques de tristeza no es por causa directa de la soledad; ésta puede incrementar esos estados, pero nunca provocarlos. Siempre recordaré una frase de mi abuelo (en paz descanse): Si solo no sabes estar, por la vida te arrastrarás. Un poco extremo, quizás, pero no exento de razón.

¿Realmente merece la pena la soledad? Mucho. Es la mejor manera de conocerse a uno mismo, de ser capaz de tomar el pulso de nuestra propia existencia, de poder pensar por uno mismo sin ninguna influencia, expandiendo nuestra capacidad crítica hasta donde podamos. Si no conseguimos cruzar esa frontera corremos el riesgo de convertirnos en personas dependientes de los demás, incapaces de pasar tiempo a solas y que demandan constantemente de interacciones sociales; cuando éstas no pueden darse llega la tristeza, la sensación de vacío: la cara oscura -porque existe- de la soledad. Hace años que creo firmemente que deberían enseñarse técnicas para afrontar esa soledad en las escuelas, desde bien pequeños; mucho me temo, pero, que llegamos tarde a eso.

Puedo decir, por experiencia propia, que someter a las sombras de la soledad es una tarea muy dura y que tarda mucho tiempo en conseguirse; yo mismo me hallo en pleno proceso. A veces lo consigo, otras todo parece torcerse y los días se llenan de angustia y pena profunda. Por supuesto que no a todo el mundo le afecta por igual, pero me considero -y creo que lo soy- una persona sensible, por lo que los derrotas en esa pelea constante con esa soledad pesan más que las victorias.

Pero es necesario insistir, así lo veo yo: si uno busca la felicidad debe encontrarla por si mismo, y un buen punto de partida es nuestra propia soledad.

A conquistar, se ha dicho.

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Artículos, Peliculeando

ESPECIAL JOHN FORD (I): “EL HOMBRE TRANQUILO” Y “SIETE MUJERES”

Soy declarado y devoto fordiano. No, no hablo del presidente nº 38 de los Estados Unidos; tampoco me refiero a Harrison Ford (aunque también soy un gran seguidor del actor). Hablo de John Ford.

El de las películas del Oeste; sí, el abuelete con un parche en el ojo. Lo admito, adoro a John Ford y por ende todas sus películas (las que ya he visto y las pocas que me quedan por ver), legado imprescindible del mundo cinematográfico.

 

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Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [-V-]

Ascensores.

Si uno lo piensa, no es más que una palabra cuyo significado es incluso extraño, pues parece casi una forma errónea de nombrar a una caja que eleva a persona o cosa que se halle en su interior. Ascensor. Suena más bien a palabra beata, litúrgica: “y entonces ascendió a los cielos…”. En un contexto religioso tiene más sentido que en uno terrenal. Una palabra más propia de las misas que de enormes edificios de cemento armado. Creo que en Latinoamérica suelen decir, en general, elevador. Me parece más correcto aunque sigue chirriando. ¿Por qué no llamarlo subidor? ¿O levantador?  Tal vez ha llegado el momento de enviar una carta -si todavía se hace- a la RAE; imaginar un debate sobre la idoneidad de la palabra ascensor se me antoja divertido. Además, les daría algo de juego, por poco que fuera, a unas personas que me da la impresión de que se aburren soberanamente.

Al final, se use la palabra que se use, a mí cada vez me gusta menos meterme en ellos. sospecho que tiene que ver con las alturas, con la distancia con la que mis pies se separan del suelo; mi molestia empieza a acercarse peligrosamente a la humilde fobia que siento por los aviones, un rechazo que con el paso del tiempo -y sin haber volado desde 2010- se acentúa. Quién me lo iba a decir cuando pasé más de quince horas metido en uno para viajar al archipiélago japonés. Puede que de aquello naciera mi temor, pues hubo varios episodios de turbulencias que viví despierto al no echar ojo en todo el trayecto. No olvidaré jamás la cara del pasajero japonés que tenía al lado y que ya cuando descendíamos para aterrizar, y tras una maniobra del piloto en la que tuvo que dejar caer el avión más de 400 metros, me miró convencido de que mi rostro sería lo último que vería en vida. Por suerte, se equivocó.

Los ascensores no tienen alas, pero penden de una cuerda mientras suben y bajan, con decenas y centenares de metros por debajo. Ahora llevan sistemas de seguridad, frenos adicionales, muchas precauciones que sin embargo no alivian mi débil mentalidad, que imagina sin problemas una caída al vacío cuyo final es fatídico. Mi mente tiende al más profundo de los boicots; si se trata de hechos de índole mortal, todavía más.

Podría dejar a un lado ese pesimismo, esforzándome mucho y haciendo un giro de ciento ochenta grados, pero aunque saliera victorioso de tan gran desafío no podría evitar el factor que queda oculto tras el problema principal. Ese tapado no es otro que la posibilidad de coincidir con otras personas dentro de ese espacio tan reducido, encuentros fortuitos que se vuelven silencios tensos, incómodos segundos en los que no se sabe dónde dirigir la mirada, se intenta apenas respirar porque parece que el ruido de nuestras fosas nasales se amplifica. Soy una persona extraña, que con los años considera a la gente una molestia que prefiere evitar. Y los ascensores han de estar en lo más alto de la lista, porque son centros de reunión del inconveniente, una pérdida de tiempo sin un ápice de beneficio para nadie. Es cosa mía, porque soy un proyecto de persona arisca, un esbozo de futuro anciano huraño; pero no dudo que mucha gente piensa como yo. Sería un grandísimo invento la tele-transportación, porque nos evitaría los ascensores, los atascos y las colas para viajar.

Así que soy de los que suben escaleras, arriba y abajo. Las veces que hagan falta, los pisos que sean necesarios. Al final uno se acostumbra y, todo sea dicho, no deja de ser beneficioso para la salud.

Eso sí, cuando me cruzo con alguien maldigo todos y cada uno de los peldaños.

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MEMORIA TERMINATA [-IV-]

Hiatus.

Como si de una banda musical se tratara, necesito un descanso. Una desconexión. Ayer avisaba por redes sociales -como si a alguien le interesara- que desaparezco durante un período de tiempo indeterminado de las redes sociales. Me quitan tiempo, me distraen y hacen que mi productividad caiga en picado. Y precisamente ahora es el peor momento para ello.

El verano es para mucha gente el momento de descansar, de relajarse, de olvidarse de todo; para mí es todo lo contrario. Cuando suben las temperaturas sube mi actividad. Y este 2017 hay mucha: el final de una nueva novela y varios relatos para un antología propia, además de artículos semanales cuyos deadlines empiezan a acumularse de forma peligrosa. “Alejandro, deberías saber organizarte, hay tiempo para todo”, pensaréis; no os quito la razón, pero no soy capaz de hacerlo. Si estoy en redes no escribo, y últimamente pasa demasiado a menudo. Así que he decidido cortar por lo sano.

Sin embargo, no es una desconexión absoluta: en Twitter iré colgando artículos míos, todos los que escriba, además de compartir contenido cultural de interés prácticamente cada día. Lo haré a primera hora de la mañana, usando herramientas de programación de tuits. Eso quiere decir que realmente no estaré navegando, ni leyendo vuestros tuits o respuestas. Siento ser así, pero de otra manera volvería a caer en las interacciones y volveríamos al punto de partida.

No sé cuánto tiempo durará este receso; tal vez unas semanas, tal vez varios meses. Dependerá de lo satisfecho que esté con el trabajo, con lo que escriba, con lo que haga en la vida real. También necesito pensar en mis cosas, sin apenas interferencias, y definir mis objetivos personales a corto y medio plazo.

Muchas gracias por leerme, por comprenderme -o no- y os deseo a todos y todas un verano fabuloso.

Hasta más ver, mis queridos hobbits.

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Artículos

EL VÓLEY PLAYA Y LA OLA DE CALOR

Semana de calor intenso. Muy intenso, algo inusitado para estas alturas del año (aunque ya estamos a mitad de junio, tampoco es el apocalipsis). Los prolegómenos de lo que parece será un muy caluroso verano. Esta pequeña avanzadilla permite que en los telediarios ya se ensayen los repetitivos, los cansinos reportajes (siempre iniciados con una conexión en directo, o bien en una playa repleta de personas obesas bañadas en crema solar, o bien bajo un termómetro de gasolinera marcando máximos históricos, porque siempre son históricos) sobre lo alto que se enfilan las temperaturas, los “truquitos” de las ancianas para no morir incendiadas y algunos consejos (para Dummies) que harán que sobrevivamos a esta época del año.

Leer el artículo completo en Murray Magazine

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Artículos, Lecturas

“LA LLUVIA AMARILLA”, LA ESPAÑA QUE SE MARCHÓ PARA NO VOLVER

Cuando uno termina de leer La lluvia amarilla, novela de Julio Llamazares (Vegamián, 1955), necesita de una larga reflexión para entender bien lo que acaba de entrar en su cabeza a través de las palabras. Tal vez requiera de una segunda, e incluso una tercera lectura; pocas serán las precauciones a tomar si se quiere emitir un juicio de valor acerca de una de las obras más infravaloradas y desconocidas por el gran público y que sin duda merecería un lugar mucho más preeminente en el panorama narrativo español. Por ejemplo, ser lectura digna de ser leída en los estudios bachilleres. No es una exageración, pues la novela es pura vida, una reflexión profunda sobre la soledad desde el punto de vista más destructivo, quizás una forma excelente de enseñar a las nuevas generaciones a saber gestionar la soledad -un asunto mucho más importante de lo que se puede imaginar-, a despojar el aura negativa que tiene precisamente adentrándose en un libro que habla de esa cara oscura.

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Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [III]

Las olas de calor las carga el diablo. Con el ventilador encendido veinte de las veinticuatro horas del día, no puedo evitar pensar en cómo narices pueden sobrevivir algunas personas en el desierto. Qué suerte de milagro biológico y cultural permite a los Tuareg -también llamados imuhars, un pueblo bereber de tradición nómada- vivir en el Sahara, sobrevivir más bien. A mí, que con pasar 10 minutos al sol de junio o julio siento que voy a arder cual pira; imaginar vivir en uno de los lugares más cálidos del planeta se me hace simplemente inconcebible.

Pensando en tuaregs y desiertos descubro que tengo la innata -y horrible- capacidad de tener más calor del existente con el mero hecho de imaginar desiertos o parajes áridos en los que no hay vida. Por si fuera poco, en mi ejercicio de sodomía mental, cuando soy consciente de que estoy dejando que un desierto imaginario queme mi piel, no rehuyo esos pensamientos y los concentro aún más: ahora imágenes de un sol incandescente, ahora la salpicadura del aceite de una sartén; también un baño de aguas termales entre vapores que opacan cristales. Todo se mezcla en una gran sopa -por supuesto bien caliente- que degusto con calma culpable. Me acerco al ventilador para tratar de convencerme de que en realidad quiero refrescarme, que no quiero arder; es, sin embargo, un gesto automático más propio de mi instinto de supervivencia.

Combino estos momentos de autodestrucción física con otros de lucidez en los que me doy una ducha fría y bebo mucha agua; me relajo en el sofá con una lectura y dejo que el viento -algo caliente, que le vamos a hacer- del ventilador calme el sofoco. Dura lo que tiene que durar hasta que regreso mentalmente a ese desierto, rodeado de tuaregs que me invitan a sus tiendas, me dan de beber sus tés y me visten con sus ropas. Y vuelta a empezar, vuelven mis pies a pisar un Infierno -muy de Dante, muy de gritos e imágenes grotescas- imaginario en el que tengo entrada gratis, tengo la marca en el dorso de la mano que me permite salir de vez en cuando y no volver a pagar la entrada. Porque en realidad yo lo que quiero es convertirme en lava.

The floor is lava, dicen ahora los Youtubers de moda. Como si no lo hubiera sido nunca, como si el verano fuera cosa del nuevo milenio.

Yo soy lava.

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