Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [-IX-]

Hace ya diez años que viajé a Japón. ¿O son once? El caso es que hace mucho tiempo, tanto que recordarlo me empuja irremediablemente a pensar que la vida se me escapa de entre los dedos y no hay forma de asirla.

Cuando visité el país nipón apenas acababa de entrar en la veintena y creía firmemente que tenía el mundo a mis pies. Un chaval que cruza medio mundo en su primer viaje al extranjero y por si fuera poco el destino es el país al que ha querido ir desde que apenas levantaba dos palmos del suelo.

Me sentía invencible, una suerte de superhéroe sin capa ni antifaz, sin poderes pero con el aura que sólo los elegidos transmiten. Por supuesto, aquello no era otra cosa que la propia percepción que tenía de mí mismo, distorsionada por los estrógenos y las hormonas descontroladas propias de la edad. Recuerdo las calles limpias de Tokio, la cantidad ingente de personas con las que te cruzabas en todo momento. También recuerdo el calor extremo, las estaciones de metro con aire acondicionado. Recuerdo la increíble amabilidad de los japoneses y las japonesas, capaces de dejar sus quehaceres diarios con tal de acompañarte a un lugar que no consigues encontrar. Recuerdo los conciertos de grupos que jamás creí que podría ver en directo. Tampoco puedo olvidar algunas noches en el hostal viendo programas de televisión bizarros e incomprensibles para todo el mundo excepto los nipones. Pero sobre todo recuerdo el silencio, tan exagerado que a veces un susurro en la calle -incluso la más transitada- se convertía en una conversación en voz alta.

Ese silencio, durante más de cuarenta días, se convirtió en mi particular confesor; aprendí a pensar, a reflexionar, mientras recorría la intrincada trama de calles de la capital japonesa, una combinación -reflexión más paseo- que todavía hoy en día hago varios días a la semana y que me sirve de bálsamo para soportar la rutina. Y fue precisamente en Japón donde descubrí que los largos silencios muchas veces son preferibles al más alto de los ruidos, a la más alegre de las algarabías; y es que las conversaciones con nuestro ser interior, con nuestra propia naturaleza, no pueden enmarcarse en otro contexto que no sea el silencio. Cuanto más sepulcral, mejor.

Así pues, caminando por las calles de Tokio -y grabando vídeos, y haciendo fotos- fue como conseguí conocerme, como si una parte de mi interior hubiera estado esperando más de veinte años en la otra punta del mundo, paciente e inquieta a la vez, hasta que se produjo el tan ansiado encuentro. Una catarsis inesperada que me marcó para siempre, sin pretenderlo y de un modo tan natural que a veces creo que estaba predestinado. Tenía que suceder así. Ir a por pocas peras y regresar con tres docenas de manzanas.

Diez años -u once, da igual- que se han pasado en un suspiro, pero durante los cuales he aprendido a cultivar aquel silencio -y esa parte de mí- que me encontró en Japón y que se convirtió en un compañero de viaje extraordinario.

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