Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [III]

Las olas de calor las carga el diablo. Con el ventilador encendido veinte de las veinticuatro horas del día, no puedo evitar pensar en cómo narices pueden sobrevivir algunas personas en el desierto. Qué suerte de milagro biológico y cultural permite a los Tuareg -también llamados imuhars, un pueblo bereber de tradición nómada- vivir en el Sahara, sobrevivir más bien. A mí, que con pasar 10 minutos al sol de junio o julio siento que voy a arder cual pira; imaginar vivir en uno de los lugares más cálidos del planeta se me hace simplemente inconcebible.

Pensando en tuaregs y desiertos descubro que tengo la innata -y horrible- capacidad de tener más calor del existente con el mero hecho de imaginar desiertos o parajes áridos en los que no hay vida. Por si fuera poco, en mi ejercicio de sodomía mental, cuando soy consciente de que estoy dejando que un desierto imaginario queme mi piel, no rehuyo esos pensamientos y los concentro aún más: ahora imágenes de un sol incandescente, ahora la salpicadura del aceite de una sartén; también un baño de aguas termales entre vapores que opacan cristales. Todo se mezcla en una gran sopa -por supuesto bien caliente- que degusto con calma culpable. Me acerco al ventilador para tratar de convencerme de que en realidad quiero refrescarme, que no quiero arder; es, sin embargo, un gesto automático más propio de mi instinto de supervivencia.

Combino estos momentos de autodestrucción física con otros de lucidez en los que me doy una ducha fría y bebo mucha agua; me relajo en el sofá con una lectura y dejo que el viento -algo caliente, que le vamos a hacer- del ventilador calme el sofoco. Dura lo que tiene que durar hasta que regreso mentalmente a ese desierto, rodeado de tuaregs que me invitan a sus tiendas, me dan de beber sus tés y me visten con sus ropas. Y vuelta a empezar, vuelven mis pies a pisar un Infierno -muy de Dante, muy de gritos e imágenes grotescas- imaginario en el que tengo entrada gratis, tengo la marca en el dorso de la mano que me permite salir de vez en cuando y no volver a pagar la entrada. Porque en realidad yo lo que quiero es convertirme en lava.

The floor is lava, dicen ahora los Youtubers de moda. Como si no lo hubiera sido nunca, como si el verano fuera cosa del nuevo milenio.

Yo soy lava.

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