Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [II]

Cuando el cuerpo se desmorona parece que el mundo tiende al abismo. La cabeza -y todo lo que ella contiene-, irremediablemente unida a la carne, experimenta el mismo proceso de deconstrucción que la lleva a volverse vulnerable, poco analítica y sobre todo muy plañidera. No le sucede a todo el mundo, por suerte, pero quienes formamos parte de ese fatídico grupo le tenemos pavor a noches como las que a continuación relataré entre los todavía humeantes restos del incendio.

Esta semana he sido víctima de una de las típicas pasas de gastrointeritis que de vez en cuando campan a sus anchas entre nosotros, nos atrapan, y se ceban con nuestros estómagos e intestinos. Como las desgracias, llegó de improviso, un martes por la noche, dejándome noqueado durante toda la noche; sin poder dormir, con arcadas de las que no salía nada, con mareos, dolores musculares y la desesperante, percepción de tiempo detenido en la agonía. La boca del estómago atascada, la comida mal digerida sin moverse en dirección alguna. Un angustioso callejón sin salida, una rotura total de las negociaciones del padecimiento.

Pasó la noche de ese martes envuelta, al mismo tiempo que la maquinaria sufría, en una constante sensación de desamparo en la sala de reuniones. Yo, que soy de enternecerme demasiado en las convalecencias, no podía evitar sentirme como un ser a merced de los vaivenes crueles de la naturaleza. Toda la filosofía que procuro llevar a cabo en mi día a día despareció por completo para dejar paso a los terrores de la noche, que por obra y gracia de su oscuridad y silencio desmoralizador me llevaron a creer que el mundo no tenía remedio, que la vida tiene poco o ningún sentido y a creer que aquella terrible velada era la primera del resto de mi existencia. Un drama.

Fueron quince interminables horas de dolor abdominal constante, periodos de delirio, arcadas, un gato pesado (pobre) que sólo quería aposentarse en la zona de guerra (encima de mi tripa, desistiendo al segundo intento pero permaneciendo fielmente a mi lado toda la noche). Con la salida del sol, la constatación de que aquello no era un simple corte de digestión. Llamada de recibo al trabajo para avisar de mi ausencia ese día, otra a la farmacia más cercana para asesorarme sobre alimentación y medicación (con algo de suerte no tendría que salir de casa), y dos horas después, con los anuncios de la teletienda mortificando mi ya débil salud mental, ¡los primeros estertores intestinales! Música celestial para mis oídos, frases de alivio. Por fin el gato vuelve a ser bien recibido, a merecer abrazos y carantoñas.

Negociaciones desbloqueadas, había principio de acuerdo. El resto, cuestión de debatir y llegar a buen puerto.

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