Día a día

Lunes 5/09

Suelo escribir en silencio, básicamente por dos razones. La primera es que siempre que puedo le doy al teclado a primera hora de la mañana, muy temprano, y no sería justo molestar a los vecinos con la música a todo trapo (no me gusta usar los auriculares, al menos para trabajar). Otro de los motivos que me impiden escuchar música mientras escribo es que me distraigo; como es lógico no voy a poner canciones o grupos, o bandas sonoras que no me gusten, con lo que tarde o temprano (y siempre es lo segundo) empiezo a perder la concentración, me pongo a cantar o tararear y no consigo escribir ni una sola línea más.

Por eso me resulta curioso darme cuenta ahora que durante el verano ese silencio ambiental a la hora de trabajar cambia ostensiblemente. De hecho mientras escribo estas líneas (lo hago un sábado pero lo leéis hoy lunes) tengo encendida la televisión, más concretamente sintonizando la Vuelta ciclista a España. Lo que para la mayoría de los no aficionados es el medio perfecto para trascender a otro plano mediante la siesta perfecta, para mí supone un sonido de fondo ideal para trabajar, creando un ambiente lo suficientemente relajado como para que mi cerebro funcione ajeno al calor que siempre sufro por estas fechas. Digamos que es algo así como mi aire condicionado particular. En julio ya ocurrió algo parecido, en esa ocasión con el Tour de Francia. Mismo ritual: ordenador frente al televisor, una pequeña mesa auxiliar junto a mis rodillas y el portátil entre mis manos. ¿No me distrae el devenir de las etapas? Un poco, no voy a mentiros, pero no es hasta el final de las mismas que el asunto no se pone interesante (normalmente, ayer domingo por ejemplo fue una excepción: una etapa emocionante desde el primer kilómetro), así que durante más de dos o tres horas tengo la concentración necesaria para trabajar sin pausa.

Cada persona tiene sus métodos y ambientes de trabajo. Como uno de mis vecinos. Creo que es compositor de música electrónica/indie. “La de los hipsters” que se diría hoy en día. Pues resulta que desde hace aproximadamente un mes no dejo de escuchar todas las mañanas (fines de semana habitualmente) la repetición en bucle de una pequeña estrofa o estribillo de lo que parece ser una canción cantada por una voz femenina. Lo sé porque algunos sábados he topado con una chica que no es vecina subiendo hacia arriba (seguro que hasta el piso en el que vive el compositor)  y pocos minutos después escucho a una mujer tratando de ejecutar una y otra vez el mismo fragmento de una canción con la mayor de las perfecciones posibles. Cuando eso sucede no tengo más remedio que dejar el teclado y poner una película: he descubierto que los westerns consiguen apaciguar mi frustración e impaciencia mientras espero a que terminen los ensayos caseros o grabaciones.

Cuando terminan puedo poner al fin mi querido ciclismo y reanudar el aporreo sistemático de las teclas.

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