Escribiendo

Ella que puede

Ella que puede se mueve a un ritmo distinto del de las demás. Sus patas de alambre apenas tocan el suelo y no obedecen a las reglas del hormiguero. Ella no actúa como el resto, es una disidente del autoritario régimen de la naturaleza, un “pero” en las leyes que desde hace incontables eras rigen el mundo. Única en la colonia.

     Ella que puede procura pensar por si misma. Ha averiguado que es verano y que es en esta época cuando aparecen los gigantes. Lo hacen de improvisto, aunque sienten los temblores mucho tiempo antes. Ella les teme y parece ser la única; muchas veces durante los terribles vaivenes de la tierra la actividad en la colonia sigue sus horarios sin cambio alguno. Todas saben, ella también, que toparse con un gigante implica una posibilidad muy alta de morir bajo el yugo de sus tremendas pisadas, involuntarias pues los colosos apenas recuerdan que las hormigas existen. Ese olvido es mortal. Pero no importa, pues morir no difiere mucho de vivir si se trata de un hormiguero. No hay diferencia entre una existencia basada en la repetición sin cuestión alguna y el silencio del negro reposo.

     Ella que puede detesta la multitud, la falta de intimidad. La opresión de aquella oscuridad tiene peso y aliento. Puede sentir el hedor de la muchedumbre; hormigas que se suben encima de las otras, veloces y sin rumbo propio, hacinadas en los recovecos, en los túneles, en todas partes. Y ella lo odia, por dentro se emponzoña y se atosiga su ser, que clama por más aire. Son cientos, millares, y sin embargo lo único que ella nota es  el silencio de lo genuino, que brilla por su ausencia. El abrumador ruido de la masa lo engulle todo, incluso a veces sus propios pensamientos.

     Ella que puede hace tiempo que piensa en escapar; en el hormiguero se siente fuera de lugar, un guijarro blanco en medio de negro interminable. Durante las tareas de recolección, pues ella es recolectora, inspecciona posibles vías de escape por las que las hormigas soldado no puedan seguirla. Se desespera, no viendo el momento de experimentar la libertad. Ese anhelo le vino sigiloso y repentino, sin explicación ni motivo alguno. ¿Por qué ella, una entre millones de ellas, era bendecida con esa maldición? Deseaba a menudo regresar a su anterior estado, el de la ignorancia por decreto, un privilegio del que las demás compañeras con antenas disfrutaban, pues sin anhelos ni pensamientos libres no puede existir el sufrimiento. Se odiaba todas las noches por ser diferente.

     Ella que puede no desfallece ante las adversidades. Los días no parecen terminar nunca y el trabajo es constante. No se puede fallar, es inconcebible no acatar. Pero ella lo hace, en secreto y de manera muy modesta, sin que nadie lo sepa; pequeñas rebeliones en petite comité que engrandecen su espíritu y le dan fuerzas para seguir persiguiendo ese objetivo en el incierto horizonte. Caminar de un modo distinto es una de sus acciones libertarias; recoger un poco menos que el resto de recolectoras también formaba parte de su plan secreto de desobediencia. Cualquier pequeño detalle valía, por insignificante que fuera. Aunque no todos eran modestos: un día decidió tener un nombre propio. Ponerse un nombre era otro de los símbolos de su nueva esencia, tal vez el más importante de todos y del cual nadie sabría de su existencia. Sólo importaba que ella lo supiera, el resto daba igual. Allí ella no era nadie; en la colonia ninguna de ellas era nada sino un todo. Pero con el nombre tomaba el control y se separaba de esa totalidad.

     Ella que puede obtiene el fruto de su perseverancia y se pone a llover de repente, mientras está recolectando junto al resto de hormigas. Sin vacilación ni tampoco preocupación algunas éstas emprenden el viaje de regreso al hormiguero en una fila de a uno impecable y que las gotas sólo consiguen descomponer unos instantes antes de que una de las recolectoras llene el hueco que ha dejado la compañera ahogada en el agua. El repiqueteo es atronador y todas las criaturas de lugar buscan rápido refugio para sortear el peligro.

     Ella que puede se oculta en una hoja seca y espera a quedarse sola. Es el momento de huir; las hormigas soldado no pueden seguirla y tal vez no vuelva a surgir una oportunidad como esa. Pero por alguna razón no se mueve, sus pequeñas y finas patas no hacen ni siquiera el amago de avanzar, de alejarse de allí y caminar por un nuevo suelo. Las gotas impactan con fuerza en la hoja, un cobijo que empieza a dar señales de no soportar por mucho tiempo las envestidas de la lluvia.

     Ella que puede se mira en el interior, en busca de la explicación a su súbita parálisis. Una presencia fantasmagórica, una fuerza hasta entonces desconocida surge con decisión para hacerse ver. El miedo toma las riendas de su pequeño cuerpo robusto y se convierte en amo de sus decisiones. Permanece bajo la hoja hasta que la lluvia parece tomarse un descanso y regresa al hormiguero. Ella se siente prisionera de sus propias emociones; una de ellas la había traicionado y la llevaba en volandas al lugar del que quería alejarse.Nadie en la colonia se percata de su regreso, como tampoco debieron notar su ausencia, lo que hace más dolorosa la situación. Busca un rincón oculto al resto y rompe a llorar. Nadie sabía hasta entonces que las hormigas pudieran llorar, y se olvidará para no volverse a saber.

     Ella que puede descubre que hay algo peor que el anhelo no alcanzado de la libertad, y eso es el miedo a lanzarse a por ella.

     Ella que puede sabe que no podrá nunca más.

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2 thoughts on “Ella que puede

  1. Pedro Luis dice:

    La tesis del cuento me gusta, igual que el lenguaje, que permite fluir correctamente, la obra. Pero el cuento me falla no el cómo sino en la forma, me explico; tu cuento necesita dramatismo, no es que no lo tenga sino que debe ser expuesto de otra forma, una sucesión de acontecimientos dramáticos en un período de tiempo. Por ejemplo, empezaría cuando la hormiga decide escapar, y vas contado la forma en que ella pretende lograr su objetivo. Las reflexiones del narrador, puedes ir intercalándolas, pensamientos de la protagonista, que irían apuntado la historia y dándole un mayor dramatismo. El final no es ese, es preferible que los cuentos tengan finales abiertos, darle la posibilidad al lector de seguir recreando la historia, después de leído el punto final. Por ejemplo, en tu cuento, pese a la derrota de la hormiga, continúen en ella los deseos de seguir luchando por su libertad.
    Bueno, es mi opinión personal, puedes estar o no de acuerdo con ella. Saludos y éxitos en tu empresa literaria.

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