Día a día

Viaje cancelado por muela rebelde

La leyenda negra sigue creciendo.

Como algunos ya sabréis este fin de semana tenía planeado un viaje a Madrid para participar en una presentación de la P.A.E. (de la que ya hablé en otro post) y disfrutar de un fin de semana en la capital que sin duda iba a ser inolvidable porque también coincidía con un evento entre amigos al que hacía mucho tiempo que no acudía. Libros y reencuentros con viejas amistades, un cóctel sin duda explosivo.

Debía de partir el pasado viernes 12, a las siete de la mañana, para llegar a las tres allí y empezar un mágico fin de semana. Pero todo se truncó de manera inesperada.

El jueves noche desperté con un dolor insoportable en la muela del juicio, la que lleva dando por saco durante meses y que en breves me extirparé (pero todavía he de esperar la fecha de la operación). Fui al lavabo para comprobar el estado y fue pesadillesco: la encía estaba tan inflamada que apenas era capaz de ver la muela, y los aguijonazos de dolor recorrían como un rayo mi cabeza hasta la parte baja del cuello. Durante dos horas sopesé los pros y los contras de aventurarme a viajar en aquel estado (ocho horas en autobús con apenas tres paradas) y participar en las actividades programadas con la cabeza embotada y con serias dificultades para hablar, comer e incluso pensar. Me tomé un Nolotil pero apenas noté sus efectos: ese fue el factor que inició mi derrota, mi claudicación ante la evidencia.

No podría viajar a Madrid.

De madrugada escribí los Whatssaps pertinentes, a mis compañeros de letras (los de la presentación) y a mis amigos madrileños (los del esperado reencuentro), casi entre lágrimas, con ganas de gritar y arrancarme la muela de cuajo para viajar en el autobús aunque fuera con la boca sangrando. Pero nada de eso sucedió y tras comunicar las malas nuevas me acosté en el sofá para no molestar a nadie con mi cabreo.

No sé cuándo me dormí, pero al final me pudo el agotamiento (sobretodo el emocional). Desperté el viernes por la mañana con muy poco ánimo, desganado y con la cabeza en un Madrid que jamás vería en esas fechas: otro Alejandro, en otra realidad, estaría de camino en el autobús. Pero yo, el que suscribe estas líneas, seguía con la muela dando por culo.

Acudí al cine, una de mis salvaciones. Leer en aquellos momentos era imposible y me refugié en las imágenes. Terminé por ver dos westerns, una de superhéroes y finalmente la lectura cuando mi cabeza (y mi espíritu) se calmaron. Llegó la noche y estaba algo más tranquilo, resignado ante la mala suerte y decidido a pasar página.

El resto del fin de semana fue como otro cualquiera: cine, vida personal confidencial y paseos por una Barcelona que todavía no era barrida por la ola de frío que en estos momentos nos azota. Hoy lunes todo vuelve a la normalidad, siendo el fin de semana en Madrid que pudo ser y finalmente no fue una experiencia de la que con el tiempo sacaré alguna enseñanza sin duda.

Porque de todo hay que aprender, y la vida es continuo aprendizaje.

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