Día a día

Cuando no te decides

Es una sensación harto desagradable, un minúsculo pero incómoda desazón entre el estómago y el pecho que no te deja tranquilo. Mucho se habla de ella, se buscan soluciones, se comparten experiencias en la búsqueda de la mejor manera de cortar unas invisibles raíces que, en mayor o menor medida, sobreviven profundamente arraigadas en el interior de cada ser humano.

La indecisión.

Hay muchas maneras de ser una personas indecisa, de actuar de forma indecisa. A la hora de comprar el pan, cuando no te decides entre la baguette y la chapata; en un restaurante y no sabes si probar ese plato de pasta que tiene un nombre extraño o las conocidas pero siempre agradecidas lentejas caseras; cuando alguien te explica un chiste y no atinas a saber si reír o llorar… la vida es una indecisión tras otra.

Mi caso no es ninguna excepción. Cada decisión en mi día a día comporta muchas veces un largo debate interior, a veces superfluo y otras con un cariz muy trascendental (que suele ser en ocasiones exagerado). Particularmente cuando más se desatan esas batallas en mi fuero interno es a la hora de escribir, cosa que por otro lado no me sorprende.

Me faltarían dedos de las manos y los pies para contar las veces que he empezado una historia y la he dejado por diversas razones. En algunos casos hasta tenía el borrador inicial (lo que sería un breve guión) completado, pero por diversas causas acababa por desistir. ¿Por qué decidí parar de escribir? Es complicado de explicar, aunque quienes cultiven la pasión por las letras se verán más o menos identificados con mi caso. En general, para abreviar, la principal razón era la saturación a la que llegaba lo que parecía ser en principio un buen embrión; daba la sensación de que no crecía como era debido, y que no lograba conformar una forma o esqueleto estable.

El hecho de no lograr hacer que una historia cuajara me ha provocado más de una y de dos noches de insomnio, días en los que dudaba de mí mismo, de mi capacidad para escribir, de si realmente merecía la pena intentar dar forma a mis pensamientos si quizás no llegaba a buen puerto. Hablé con algunas personas, amigos, pareja… y descubrí, con decepción, que muchos no confiaban en mí. Así que la indecisión y el temor crecieron aún más.

Ahora estoy a puntito de tener lista mi primera novela. ¿Cómo he logrado superar el bache? Si os he de ser sinceros, creo que nunca lo he dejado atrás: la duda siempre acecha, esperando su momento para saltar a la palestra y convertirse en protagonista absoluta. Simplemente llegué a una conclusión que ahora, echando la vista atrás, se hace más que evidente: escribo porque me hace feliz. Luego podrá ser mejor o peor, tendrá calidad o no la tendrá, gustará o no gustará… pero la sensación que yo experimento nunca dejará de proporcionarme largos y numerosos momentos de placer.

Así que, a modo de consejo final, nunca dejéis de hacer lo que os guste.

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