Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [-XIII-]

La peor parte de los gritos en una discusión no son los reproches, los insultos, los puñales guardados durante años; lo peor es el silencio que viene después, ese espacio vacío que nadie consigue -ni quiere- llenar. Normalmente porque queda un poso de amargura por parte de uno de los contendientes -o una-, un lloro mudo como resultado final o una espantada, fruto de una vorágine de rabia, que te empuja a la calle.

Es por ello que cuando realmente me llamó la atención la pelea que estaban teniendo los vecinos fue cuando callaron, cuando las palabras no ilustraban la disputa y mi mente tenía que rellenar esos agujeros en semejante relato realista. Mal negocio. En mi cabeza se materializó una escena demasiado tensa, en una disposición de “duelo al sol” típica de los westerns: un gritón a un lado, resoplando.La otra gritona al otro. En medio, la tensión como una niebla invisible pero con peso, flotando en pequeños remolinos de un contrincante a otro. El futuro se dibujaba fragmentado en cristales diferentes: una nueva discusión, una reconciliación, una agresión físico horripilante. Momentos “después de” válidos y posibles.

El eco de los gritos del pasado inmediato resonaron a mi alrededor. Se trataba de una discusión entre compañeros de piso: él le recriminaba que chillaba demasiado por las noches, y le aseguraba que no compartiría nunca más comida ni porros. Que no volvería a prepararle una cena, o a recomendarle películas o lugares que visitar de Barcelona. Sospecho que tras esas palabras se escondía el despecho por una afectividad no correspondida; enamorarte de tu compañera de piso puede ser imposible de soportar. Al final siempre llegan los errores: reprochar que no hay un sentimiento de reciprocidad, quizás después de un tiempo de buenas acciones por parte de él. Es lo que algunos llaman “guy friendly”, una actitud en la que un chico se comporta de determinada manera con una chica esperando que a cambio ella acceda a tener una relación con él. Horrible. Otra muestra más de machismo, sólo que esta vez mezclada con el victimismo.

Creo que lo que escuché el otro día no fue sino una escenificación del fin de un “guy friendly”: la constatación de que, como tiene que ser, ninguna chica está obligada a corresponder a una persona porque ésta sea amable con ella. Como si tuviera que devolver un favor cuando en realidad no existe como tal. Ella no ha pedido ayuda, ni favores; es probable que ni siquiera se esté dando cuenta de por dónde van los tiros hasta que todo explota. El problema es de él. La libertad de las personas, o su bienestar, no es negociable; ser amable con la gente lleva intrínseco un espíritu altruista. Quien espera algo a cambio se equivoca por completo. Eso no es altruismo, es mercadeo.

Si queréis saber algo más sobre los llamados “guy friendly”, no podéis dejar de ver la película Colossal, de Nacho Vigalondo.

Y si escucháis alguna discusión, procurad poner música en los silencios posteriores.

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EL CATALÁN EQUIDISTANTE

Decía Aristóteles: «El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona». Sócrates: «Yo sólo sé que no sé nada». Nikita Jrushchov: «Los políticos son siempre lo mismo. Prometen construir un puente donde no hay río». Albert Camus: «La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas».


​Y así se podrían seguir escribiendo citas, de un lado y de otro en lo que refiere al llamado asunto catalán: la independencia —o no— de Cataluña. Es un tema que lleva en diarios, informativos, tertulias y columnas de opinión la friolera de seis años, desde que en 2011 el ejecutivo encabezado por Artur Mas decidiera enarbolar la estelada y…

Lee el artículo completo en La Réplica

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LA MÚSICA DE NUESTRAS VIDAS

Escucho la música que me gusta, que me anima y que convierte mi tiempo en un disfrute. Es una de mis aficiones más apreciadas, de las que más me llenan, aunque pueda parecer desde el exterior que no ejercen en mí mucha influencia. Es por eso que procuro que todo lo que escucho me proporcione placer. Quién hace lo contrario, ¿verdad?

Algunas personas le dan a las drogas, otras al deporte extremo. Yo le doy a las notas. Bueno, más bien las escucho. La perspectiva de…

Lee el artículo completo en Murray Magazine

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Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [-XII-]

Asisto desde mi posición de “persona-que-ha-pasado-todo-agosto-trabajando” al regreso, como quien regresa del frente de batalla, de todas las personas que han disfrutada de varias semanas de vacaciones, ya sea tostándose al sol o realizando el viaje de su vida a un país de pronunciación imposible y del que sólo veremos fotos que se podrían tomar en cualquier otro sitio del mundo (porque sí, la sesión de fotos es inevitable). Son días, los de esta semana y probablemente la que viene, en los que se suceden los abrazos de bienvenida y las conversaciones -más largas de lo conveniente- en la máquina de café acerca de lo estresante que es regresar a la rutina. Charlas a la hora de comer en las que se ejercita la inmediata añoranza de aquellas jornadas vacacionales al mismo tiempo que se abre la ventana al tedio de cabalgar a lomos de esa bestia que nos atrapa a todos en una rueda de hámster.

Enfrentarse con unos elementos que se repiten día tras día -la rutina- después de un período de ruptura en el que hemos conseguido desconectar del mundo es sin duda un desafío importante. Y difícil. No por más manido el término “estrés post-vacacional” deja de tener un gran punto de verdad. Lo veo todos los años entre finales de agosto y principios de septiembre: rostros que durante las primeras horas del regreso aún mantienen esa luz de quien no se ha preocupado por la vida durante muchos días, pero que poco a poco se transmuta en una máscara grisácea que de nuevo soporta el peso de las responsabilidades, los pagos, los bancos, los madrugones que están por venir… demasiados frentes abiertos que te devuelven a una guerra diaria de la que inocentemente te creías a salvo.

“¿Sabe cuál es mi enfermedad? La utopía. ¿Sabe cuál es la suya? La rutina. La utopía es el porvenir que se esfuerza en nacer. La rutina es el pasado que se obstina en seguir viviendo”

La cita, de Víctor Hugo, ilustra perfectamente el momento social en el que llevamos anclados desde hace demasiado tiempo. Esa obstinación aparente del pasado en no evolucionar es precisamente lo que nos provoca la sensación de rutina, el vivir en un constante déjà vu que no parece llevar a ningún sitio. Algunas personas luchan contra ello, saliéndose de las hebras de nuestra sociedad y buscando una existencia que se sostenga en la flexibilidad de no tener un futuro marcado -o por lo menos la falsa sensación de vivir tiempos en los que el destino está escrito-; esas personas, como podemos leer en la cita de más arriba, son consideradas como perseguidoras de utopías, cazadoras de sueños imposibles. Pero realmente, ¿no será que luchan por lo que quieren y no se pliegan ante lo que les dictan las normas sociales? Yo mismo empiezo a ver las costuras de esa rutina que no deja de ser algo así como la rampa mecánica en la que son llevados los animales al matadero. ¿No hay caminos alternativos? ¿No podemos bajar de esa cinta y echar a correr en la dirección contraria?

Podemos. Y debemos hacerlo, si así lo creemos en nuestro interior. Así lo vengo creyendo desde hace un tiempo, y con el paso de los años esta sensación va creciendo. ¿Madurez? ¿Clarividencia? Quién sabe, a veces los motivos no importan.

Los obstáculos son muchos, desde el propio miedo a fallar hasta la pereza de tener que remar a contracorriente cuando el agua tiene demasiada fuerza. Tenemos toda una vida por delante para equivocarnos y aprender, porque cuando llega el arrepentimiento por todo lo que no se ha intentado ya es demasiado tarde.

 

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Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [-XI-]

Me levanto con una noticia cinematográfica: Dark Comics (la enemiga de Marvel y casa de Superman, Batman y Wonder Woman entre otros superhéroes) ha dado luz verde al proyecto de rodar una película sobre los orígenes de The Joker, tal vez el villano más representativo de todos sus cómics. Por si fuera poca la noticia, el mismísimo Martin Scorsese será uno de los productores. A priori todo indica que podemos estar ante una buena película.

Lástima que a los fans no les haya gustado la idea. Un personaje como The Joker basaba su tenebrosa personalidad en un pasado que no se conocía, ni falta que hacía; uno de los aciertos del Batman de Christopher Nolan fue contar con un Joker -interpretado de forma magistral por Heath Ledger– totalmente desatado y del cual poco o nada importaban sus orígenes, ni sus verdaderas motivaciones. Era un loco capaz de todo, imprevisible y listo. Acción, reacción. De nada sirve saber qué marcó su infancia, ni dónde se crió: lo único importante es evitar que destruya todo lo que se encuentre en su camino. De ahí las opiniones más bien negativas del mundo fan del personaje. Muchos alegan que una película que explique la vida de un Joker niño/adolescente le restará, por muy buena que pueda ser, magia al personaje.

Dejando de lado este debate cinéfilo-comiquero, reflexiono sobre los orígenes mientras voy al trabajo en el metro. ¿Qué significa tener o no tener orígenes? ¿Es la infancia? ¿Son nuestros antepasados? ¿El de toda una sociedad? Supongo que todo depende del prisma con el que se mire: cualquiera puede decir sus orígenes son el mono, millones de años atrás; o sus raíces se encuentran en un pueblo perdido de la sierra; también, simplemente, nuestros orígenes simplemente son un compendio de recuerdos que nacen en cuanto tenemos capacidad de almacenar nuestras vivencias desde que levantamos un palmo del suelo.

Sea cual sea la historia que decidimos contar, encontramos siempre un viaje con un principio fijo en el tiempo y un final incierto. Más largo o no, tiene un punto de partida sólido que se va diluyendo a medida que nos acercamos al presente, lo cual no tiene por que significar algo negativo; más bien al contrario, creo firmemente que tener un futuro poco definido o flexible hace que podamos disfrutar mejor de nuestro presente y vivir en una mayor libertad de acción, de decisión, de pensamiento. Las vías del tren te llevan sin problemas a tu destino, pero muchas veces te privan de ver paisajes distintos a los que puedes observar a través de la ventana.

Nuestras raíces existenciales son importantes en tanto que nos permiten saber de dónde venimos, ese punto inicial desde el que trazar una línea -curva si lo queréis- y poder observar el arco en toda su amplitud; conocer nuestros orígenes nos sitúan en el mundo, nos acomodan en una sociedad que tiende a la despersonalización camuflada de falso perfeccionamiento del individuo. Un necesario ejercicio de regresión temporal para recolocar nuestra propia materia en el espacio-tiempo que debería hacerse mucho más a menudo; entender de la necesidad de evolucionar para que esos orígenes tengan una razón de ser y no terminen convirtiéndose en un evento casual sin más. Entender que lo importante no es de dónde venimos, ni a dónde vamos, ni cómo estamos viajando, sino el conjunto de esos tres elementos.

Pasado presente y futuro no dejan de ser lo mismo: tiempo. Tiempo que afectó a otras personas que nos precedieron; tiempo que nos ha cambiado constantemente -lo creamos o no-. Un tiempo que sin duda influirá en quienes nos seguirán tras nuestros pasos.

Es cuestión de saber cómo debemos invertirlo.

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Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [-X-]

Sangre en las calles de Barcelona. Ayer vivíamos la pesadilla del terrorismo en la artería de la Ciudad Condal, lugar amado por todos los barceloneses: La Rambla. Paraje de mezcla de culturas, de luz, de explosión de vida, que la tarde del 17 de agosto sufría una brutal puñalada en forma de furgoneta descontrolada, diabólica y cargada de odio. Atropello masivo, muertos, heridos, dolor, gritos… el horror.

No entraré en detalles escabrosos, ni en cifras, ni en morbo gratuito. Hoy no tengo el cuerpo para escribir demasiado, pues a la congoja que me atenaza en esta mañana del día después se suma la total conciencia de vivir en un mundo que a cada momento intenta recordarnos que nunca ha tenido cordura, ni aparente sentido, ni tampoco un lugar seguro para las personas que sólo queremos vivir en paz.

Sin embargo, es también en los peores momentos de oscuridad cuando la luz se abre paso entre las tinieblas. Ciudadanos anónimos socorrieron a los heridos mientras la furgoneta todavía seguía arrollando a unos pocos metros de distancia; se recriminaba a quienes tomaban fotos sin ayudar; se ofrecieron las viviendas a quienes no podían dormir en los hoteles; gente que acudió a los atascos para salir de la ciudad, ofreciendo comida y bebida a quienes llevaban horas atrapados en sus coches, y que a su vez no protestaban, no pitaban, entendían la situación. Ejemplos como estos -y muchos otros en atentados anteriores, por desgracia- hacen que uno se pregunte, esperanzado, si todavía tenemos tiempo de alcanzar nuestra redención como especie, como civilización que plagada de capítulos vergonzosos quien sabe si consigue culminar su propia historia con un final feliz.

Seguiremos escribiendo nuestra propia novela, pese al dolor, con alegría y sin miedo.

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Memoria Terminata

MEMORIA TERMINATA [-IX-]

Hace ya diez años que viajé a Japón. ¿O son once? El caso es que hace mucho tiempo, tanto que recordarlo me empuja irremediablemente a pensar que la vida se me escapa de entre los dedos y no hay forma de asirla.

Cuando visité el país nipón apenas acababa de entrar en la veintena y creía firmemente que tenía el mundo a mis pies. Un chaval que cruza medio mundo en su primer viaje al extranjero y por si fuera poco el destino es el país al que ha querido ir desde que apenas levantaba dos palmos del suelo.

Me sentía invencible, una suerte de superhéroe sin capa ni antifaz, sin poderes pero con el aura que sólo los elegidos transmiten. Por supuesto, aquello no era otra cosa que la propia percepción que tenía de mí mismo, distorsionada por los estrógenos y las hormonas descontroladas propias de la edad. Recuerdo las calles limpias de Tokio, la cantidad ingente de personas con las que te cruzabas en todo momento. También recuerdo el calor extremo, las estaciones de metro con aire acondicionado. Recuerdo la increíble amabilidad de los japoneses y las japonesas, capaces de dejar sus quehaceres diarios con tal de acompañarte a un lugar que no consigues encontrar. Recuerdo los conciertos de grupos que jamás creí que podría ver en directo. Tampoco puedo olvidar algunas noches en el hostal viendo programas de televisión bizarros e incomprensibles para todo el mundo excepto los nipones. Pero sobre todo recuerdo el silencio, tan exagerado que a veces un susurro en la calle -incluso la más transitada- se convertía en una conversación en voz alta.

Ese silencio, durante más de cuarenta días, se convirtió en mi particular confesor; aprendí a pensar, a reflexionar, mientras recorría la intrincada trama de calles de la capital japonesa, una combinación -reflexión más paseo- que todavía hoy en día hago varios días a la semana y que me sirve de bálsamo para soportar la rutina. Y fue precisamente en Japón donde descubrí que los largos silencios muchas veces son preferibles al más alto de los ruidos, a la más alegre de las algarabías; y es que las conversaciones con nuestro ser interior, con nuestra propia naturaleza, no pueden enmarcarse en otro contexto que no sea el silencio. Cuanto más sepulcral, mejor.

Así pues, caminando por las calles de Tokio -y grabando vídeos, y haciendo fotos- fue como conseguí conocerme, como si una parte de mi interior hubiera estado esperando más de veinte años en la otra punta del mundo, paciente e inquieta a la vez, hasta que se produjo el tan ansiado encuentro. Una catarsis inesperada que me marcó para siempre, sin pretenderlo y de un modo tan natural que a veces creo que estaba predestinado. Tenía que suceder así. Ir a por pocas peras y regresar con tres docenas de manzanas.

Diez años -u once, da igual- que se han pasado en un suspiro, pero durante los cuales he aprendido a cultivar aquel silencio -y esa parte de mí- que me encontró en Japón y que se convirtió en un compañero de viaje extraordinario.

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